martes, 10 de junio de 2008

El remendón


O como las cosas no siempre son lo que parecen en la Europa Oriental de finales del siglo XIX princpios del XX.

Llegó al pueblo andando despacio un día lluvioso. Venía del este, era de modales humildes y se fijaba sobre todo en el calzado de la gente. Cuando veía a alguien que necesitaba un arreglo se lo ofrecía. Sus trabajos eran extraordinariamente finos, "Ni el mejor zapatero de Cracovia me los dejaría así" solían decir sus satisfechos clientes, sin embargo cobraba muy poco y a veces incluso ni eso pues tan concentrado en su trabajo se le olvidaba pedirles el dinero a sus deudores.
Abrió un pequeño pero acogedor taller en una caseta medio abandonada desde que hace años muriera sin descendencia el último remendón que hubo en el pueblo.
La gente que es cruel pronto empezó a aprovecharse de este pobre que o bien no se daba cuenta o le daba igual. "¿por qué no te preocupas más por el dinero?" le reprochaban algunos "soy zapatero, no banquero, lo mio es imitar al altísimo, Él hace pies y yo zapatos para calzarlos. Lo importante es que el resultado sea lo mejor posible".
Sus arreglos eran casi terapeúticos pues tras pasar por sus manos botas, sandalias, mocasines, y demás calzado el ajuste eran tan perfecto que la gente se sentía acariciada en los pies, arropada, protegida, deseosa de andar y hacer cosas. Los generosos le pagaban, los mezquinos le negociaban muy a la baja y los sinvergüenzas le daban excusas.
Nadie le oyó nunca quejarse, se podría pensar que era un hombre piadoso, sin embargo pisaba lo justo la sinagoga y no se le oía rezar a menudo.
Un otoño, tras un verano muy caluroso, cuando se suponía que tenían que llegar las lluvias éstas no aparecieron, pasaban los días y las semanas y no llovía. "Di-s nos está poniendo a prueba" decían, luego "Yav-h nos está castigando por impios" más tarde "Tenemos que rezar más y obrar mejor".
Sin embargo pasaban los meses y la lluvia seguía sin aparecer, la gente cada vez tenía que ir más lejos a llenar un cántaro para beber, los animales se morían de sed o de cansancio tras andar tantos kilómetros hasta el agua. La gente pensaba ya en emigrar.
El rabí reunió a los notables "El pueblo se deshace, hay que actuar ya, tenemos que hacer algo que los una, que se vuelvan a sentir una comunidad, que les devuelva la fe y sobre todo que convenza a Di-s para que haga llover".
Así que tras deliberarlo acordaron que a diario iría toda la comunidad a la sinagoga a rezar y que cada día leería las oraciones una persona, incluidas las mujeres. Empezaría, como no podía ser de otra manera, el rabino.
Uno cada día todos los hombres y todas las mujeres fueron leyendo las oraciones pero seguía sin llover. Ya no quedaba nadie salvo el zapatero remendón. El último día el rabino fue a hablar con él "Llevas ya unos años en el pueblo, formas parte de la comunidad, nos gustaría que hoy guiases tú la oración". "Yo preferiría no hacerlo, hay gente que lee mucho mejor que yo incluso la mayoría de niños que preparan su Bar Mitzvá lo hacen, por favor, ahórrame esa humillación". "Tienes que sacrificarte por tu comunidad, te esperamos".
El zapatero temblaba de pie ante todo el mundo en la sinagoga a pesar de que le habían elegido un fragmento fácil se equivocaba constantemente. "¡Menudo ignorante!" pensaba furioso el rabino, "¿cómo pude creer que esto iba a gustar a Di-s?".
El final fue una liberación para todos, la mayoría se marcharon rápidamente, nadie se acercó a felicitarle. A la salida un poco de lejos unos crios le hacían burla imitando sus balbuceos al leer.
El zapatero en su casa se quejó amargamente a Yahv-h: "Señor ¿por qué me hiciste tan torpe? yo lo único que quiero es que todos estén bien, que llueva de una vez y todo el mundo esté contento" decía mientras las lágrimas caían a la tierra.
Y entonces sucedió, primero fueron apenas unas gotas, como cuando vemos llorar a alguien y nos emocionamos nosotros también, luego cada vez más y más.
La gente contenta salió a la calle a celebrarlo y a bailar, nadie reparó en el zapatero.
Esa noche el rabino tuvo un sueño, soñó en un menorah enorme, se puso a contar y tenía 36 brazos, todos estaban encendidos menos uno, entonces oyó la penosa lectura del zapatero y vio como la vela se encendía. En ese momento despertó, se vistió apresuradamente y mandó llamar a los notables, les contó el sueño y como lo había interpretado: "El remendón es uno de los 36 lamedvavniks sin duda" y decidieron ir al momento todos a verle a su cabaña a pesar del chaparrón.
Pero ya se había ido por la noche con sus humildes ropas que permanecían secas bajo la lluvia.

Cuentan que al cabo de unos meses llegó otro zapatero y todo el pueblo le trató bien desde el principio... no fuera también uno de los justos.

)S(

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