El guardia cierra con llave el mausoleo -escribe el autor anónimo-, dejando que el sonido pesado de la cerradura caiga en la oscuridad como si dejara allí abajo el nombre de la llave. Está de mal humor, al igual que yo, se sienta en una piedra a mi lado y cierra los ojos. En el momento en que pienso que ya se ha dormido en su sector de la sombra, el guardia levanta la mano y me muestra una polilla que vuela en el portal del mausoleo, que ha salido de nuestra ropa o de las alfombras persas del edificio.
-Ves -me dijo con indiferencia-, ese insecto está allí en lo alto, bajo la pared blanca del portal y es visible sólo porque se mueve. Mirando desde aquí se podría pensar en un pájaro en un cielo profundo, si la pared fuese cielo. La polilla probablemente lo entiende así y solamente nosotros sabemos que no tiene razón. Ella ignora que nosotros lo sabemos. Ni siquiera sabe que existimos. Trata de comunicarte con ella, si puedes. ¿Puedes decirle algo, cualquier cosa, pero de modo que te comprenda y que estés seguro de que te ha entendido por completo?
-No lo sé -dije-. ¿Y tú?
-Yo sí -respondió el viejo con calma, de una palmada mató a la polilla y me la mostró así, aplastada en la palma de su mano.
-¿Cree que no ha comprendido lo que le dije?
-También a una vela, apagándola entre dos dedos -observé-, puedes demostrarle que existes.
-¡Si la vela pudiese morir, sí! Imagínate ahora -prosiguió- a alguien que, mientras nosotros pensamos esto de la polilla, piensa lo mismo de nosotros. Alguien que sabe cómo, por qué y de qué está limitado este espacio nuestro, esto que nosotros creemos que es el cielo e imaginamos ilimitado, alguien que no puede acercársenos para hacernos saber que existimos salvo de una única manera: matándonos. Alguien que nos alimenta con sus vestidos, que lleva en sus manos nuestra muerte como un lenguaje, un modo de comunicarse con nosotros. Al matarnos, ese desconocido nos hace conscientes de su existencia. Y nosotros a través de nuestras muertes, que quizá son sólo la moral que el homicida enseña a un vagabundo sentado a su lado, nosotros, digo, a través de nuestras muertes, como si fuesen una puerta entreabierta, logramos ver en el último instante nuevos espacios y otros confines. Es justamente ese sexto y supremo grado del miedo mortal (del cual no existe recuerdo) lo que nos une y vincula a todos nosotros, jugadores anónimos. La jerarquía de la muerte en realidad es lo único que hace posible el sistema de comunicación entre los diferentes niveles de la realidad en un espacio inmenso en el que las muertes, como ecos de los ecos, se repiten hasta el infinito...
Mientras el guardia habla, yo pienso: si lo que me está diciendo es debido a la sabiduría, a la experiencia o a la lectura de muchos libros, entonces no merece atención. ¿Pero y si en cambio en este momento se encuentra en una posición que le permite una visión más amplia que la nuestra o incluso que la suya de hace poco...?
(C) Milorad Paviċ
Diccionario jázaro
Libro Verde
Akshani, Yabir ibn
domingo, 22 de junio de 2008
Akshani
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